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viernes, 29 de abril de 2011

Primera Parte-.Las Anunciaciones de Juan Bautista y Jesús-.




Ya que muchos han intentado componer un relato de los acontecimientos cumplidos entre nosotros, según nos han transmitido los que, desde el principio, fueron testigos oculares, convertidos después en ministros de la Palabra, me ha parecido también a mí bien, después de informarme exactamente de todo desde los orígenes, escribir ordenadamente, óptimo Teófilo, para que conozcas la firmeza y solidez de las enseñanzas que tú has recibido de viva voz.


En aquellos días mientras Herodes reinaba como rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, cuya mujer, descendiente de la estirpe genética de Arón, se llamaba Isabel.

Ambos eran justos ante la presencia de Dios, puesto que cumplían fielmente con el Espíritu de la Palabra Divina, y por esto eran irreprensibles, y caminaban justamente en los preceptos y objeciones hechas por el Señor.

No tenían hijos, pues Isabel era estéril y ambos ya tenían una avanzada edad.
Entonces sucedió que, estando ejerciendo Zacarías sus funciones de trámite ante Dios según las normas de su turno y conforme al uso del servicio divino, le tocó entrar en el santuario que se construyó para poder hablar y rogar al Señor, haciendo ofrendas de incienso también; mientras esto ocurría toda la multitud del pueblo estaba en la parte exterior orando durante la hora de ofrecimiento del incienso.

De repente, a Zacarías que estaba en el interior y oculto a los ojos de la multitud, se le apareció un Ángel mensajero del Señor,
Estaba de pie a la derecha del altar donde se ofrecía el incienso.
Zacarías, al verlo aparecer tan de improviso y por su extraño aspecto, se asustó grandemente y el temor se apoderó de él.

Díjole para calmarlo el Mensajero:

- No temas, Zacarías, porque tu plegaria tan elevada y justa ha sido escuchada, y te anuncio que Isabel, tu compañera. Te dará a Luz un hijo, al que tú deberás de poner el nombre de Juan.

Él por sus obras será para ti motivo de gozo y regocijo, y todos al ver como actúa y respeta las Leyes Divinas se alegrarán de su
nacimiento, porque su grandeza espiritual ha sido el Don de Dios.

Edúcalo correctamente pues no deberá beber vino, ni licores enajenantes ya que desde el instante en que será concebido en el seno de Isabel contendrá la plenitud del Santo Espíritu, y por esto convertirá a muchos hijos de Israel a la Ley del Señor su Dios, delante del cual caminará con el Espíritu y el Poder de Elías que lo compenetrará para hacer comprender al espíritu de los padres la importancia de preocuparse y comprender a los hijos; de igual manera su actuación hará que los rebeldes adquieran la prudencia de ser justos, con el objeto de preparar al Señor que está pronto para venir, un pueblo bien dispuesto.

Entonces, Zacarías, dijo al Ángel Mensajero:

-  Ante lo que me dices, ¿cómo podré saber que esto es verdad? Yo soy ya anciano y mi mujer tiene ya muy avanzada edad.

A esto el Ángel del Señor le contestó:

- “Yo soy Gabriel, asisto y ayudo a Dios y he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia. Pero por tus dudas te digo que tú estarás mucho durante el tiempo que este hijo se gestará y no podrás emitir palabra alguna hasta el día que todo esto tenga cumplimiento, ya que no has creído en mis Palabras, que se cumplirán a su tiempo”.

Mientras sucedía todo esto, el pueblo que esperaba la salida de Zacarías estaba muy extrañado de que tardará tanto del ofrecimiento en el templo.

Cuando salió Zacarías, había perdido la facultad de articular palabra alguna, por lo  que el gentío entendió que había tenido alguna visión divina en el Templo.
Él solamente podía hacerles señas puesto que había enmudecido.

De esta manera tuvo que seguir con su servicio durante todos los días que le correspondía cumplir, y después regresó a su casa.

A los pocos días de su regreso, Isabel concibió el niño, y debido a su gran asombro por este hecho tuvo temor y   miedo de no ser aceptada por el pueblo y ser rechazada, por ello se aisló del mundo y ocultó durante 5 meses, diciendo: Esto hago ya que así ha obrado tan excelsamente conmigo el Señor, al tiempo que le supo bien quitar mi oprobio entre los hombres.




En el mes sexto del embarazo de Isabel fue nuevamente enviado de parte de Dios Su Mensajero el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret.

Tenía que visitar a una niña, virgen del Templo, dada por compañera y desposada con un varón de nombre José, descendiente de la estirpe genética de David.

El nombre de la virgen del Templo era María.
El Mensajero Divino, Gabriel, cumpliendo con su tarea, se presentó a ella, y le dijo:

- “Salve a ti, pues llena estas de gracia, y el Señor que desde siempre te conoce está contigo”.

Ella, al oír estas palabras, se emocionó interiormente y discurría qué podría significar  un saludo de este tipo.

El Ángel siguió diciéndole:

- “No temas nada, María, porque has hallado gracia ante Dios, por tu elevada conducta y comportamiento hacia las Leyes del Creador, y concebirás en tu seno y darás a Luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

Él será muy grande y con unas condiciones  divinas especiales y cuando las muestre a los hombres será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el “Trono de David” que son todos los dones superiores que su estirpe Divina contiene, y por ello se dice que es su padre.

Gracias a ello será reconocido por la casa de Jacob y lo acogerán como su Rey, y así con todo lo que haga y diga reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reinado será inacabable.

María, creyendo plenamente en esta visita divina, puesto que ya había tenido muchas otras en el Templo al cuál fue consagrada con el fin de servir a la Omnipotente Voluntad del Creador, dijo al Ángel:

- ¿Cómo podrá suceder esto si yo no he conocido íntimamente a ningún varón?

El Ángel Gabriel le contestó y le explicó:

- El Santo Espíritu vendrá hacia ti, y la omnipotente virtud del Altísimo Señor que dirige todas las cosas te cubrirá con su sombra, tu te adormecerás suavemente, y entonces en el sopor de tu sueño, el Hijo engendrado será Santo, porqué es el mismo Dios quién lo inoculará en tu interior; por esto será llamado Hijo de Dios.
Estate en Paz María, pues tu sagrada condición de virginidad     seguirá   plena de Virtud, será intocable e inmutable mientras dure la gestación del Hijo del Altísimo, y también después de que Él se manifieste al mundo.
Escucha esto también María.
Yo te anuncio que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo por voluntad del Altísimo Señor a pesar de su vejez, y éste hijo, hoy en día, está ya en el sexto mes de gestación dentro de la que todo el pueblo decía que era estéril, y haciendo así, el Señor Altísimo que en los Cielos se mueve con Potencia y Gloria muestra que nada hay imposible para Dios”.

María, conmovida y emocionada por tales palabras sublimes dijo:

- Ángel del Altísimo, he aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu divina palabra.

Después de esto el Ángel se distanció de ella y marchó.


A los pocos días de recibir María la anunciación del evento divino que ocurriría, se puso en camino y con gran prontitud hacia la montaña donde residía Isabel, en la ciudad de Judá, y llegando entró en la casa de Zacarías y llamó a Isabel para saludarla.

Isabel nada más oír la voz de María llamándola, se alborozó el niño en su seno, e  Isabel se llenó del Santo Espíritu que acompañaba a María y clamó con fuerte voz:

¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Cómo es que merezco yo que la que será madre de mi Señor venga a visitarme?

Nada más oír, María, la voz de tu saludo en mis oídos, saltó de alegría el niño que llevo dentro de mi seno.

Dichosa es aquella que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor.

María le respondió:

- Mi Alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi Espíritu en el de Dios, mi Salvador, porque ha mirado y visto la humildad de su sierva, y por eso todas las generaciones, según se me ha revelado, me llamarán la Bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es Santo.

También se me ha revelado que Su Misericordia se derrama de generación en generación, y estos milagros que tú y yo estamos viviendo hoy en día, serán también derramados y realizados en las siguientes generaciones, de generación en generación, sobre aquellos que lo respetan y lo temen.

Él, desplegó Su Poder a través de Su Brazo y dispersó a los que se alardean con los pensamientos de su corazón.

Derribó a los poderosos de sus tronos y rescató a los humildes.

A los “hambrientos” los llenó de bienes celestiales, y a los “ricos” que no dieron los despidió de su casa con los bolsillos vacíos.

Acogió a Israel, siervo suyo, acordándose de Su Misericordia, según había prometido de hacer a nuestros padres, Abraham y su descendencia genética para siempre.

María no partió rápidamente de la casa de Zacarías, sino que permaneció unos 3 meses más   y después regresó a su casa.



Llegó el tiempo a Isabel de dar a luz, y a pesar de su vejez y limitaciones dio a Luz un gran hijo.

Cuando sus parientes y vecinos se enteraron de la noticia y oyendo que el Señor había mostrado Su Poderosa Grandeza de Misericordia, haciendo gestar a Isabel una criatura, lo creyeron y se congratularon con ella.

De esta manera Isabel perdió el temor a ser criticada y rechazada por los más cercanos a ella, aunque los había que eran incrédulos.
Cuando llego el día octavo vinieron a circuncidar, según la costumbre, al niño y querían por capricho llamarle con el nombre de su padre, Zacarías.

Zacarías estaba preocupado por no poder hablar, y conociendo el nombre real que debía llevar el niño.

Entonces Isabel tomó la palabra y dijo:

- ¡No!, Se llamará Juan.

Y los más allegados le decían:

¡Si no hay nadie de tu parentela que se llame con ese nombre!

Entonces decidieron preguntarle por señas al padre cómo quería que se llamase, y pidiendo una tablilla y tiza, escribió: Juan es su nombre.

Y todos quedaron maravillados de que también Zacarías deseara ese nombre para el hijo.

Ante tal reacción de ellos, Zacarías recobró la facultad de poder hablar como le dijo el Ángel Gabriel, y su emoción fue grandísima y comenzó a bendecir a Dios y a Su Omnipotencia manifiesta a través de su mudez.
Al oír hablar de esta manera, nuevamente a Zacarías, que lo habían dado ya por mudo, se  apoderó el temor de todos los vecinos, hasta el punto que en toda la montaña de Judea se contaban todas estas cosas, y cuantos las escuchaban, quedaban pensativos, y se decían:

- ¿Qué llegará a ser este niño?, 
Porque por lo que observamos en él, en efecto, la mano del Señor está con él.

También después del nacimiento del niño, Zacarías, fue bendecido por el Santo Espíritu que hizo tales cosas y su interior estaba lleno de Él, llegando a profetizar diciendo:

- Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y dado la posibilidad de redimirse a su pueblo, y promovió con Su Voluntad y a favor de nosotros un Poder Salvador nacido de la estirpe genética de David, su siervo, como prometió a través de la palabra de sus santos profetas desde hace tiempos ancestrales, salvándonos de  nuestros enemigos y del poder de todos los que nos aborrecen, para de esta forma hacer misericordia con nuestros ancestros y recordar su Santa Alianza, que hizo con juramento de Abraham, nuestro padre, y así darnos la posibilidad de que le sirvamos, sin temor y libres del poder de los enemigos, en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, pues tú irás delante del Señor que nacerá, y de esta manera prepararas con justicia Sus Caminos, para dar a conocer el ofrecimiento de Salvación para todo el pueblo, a través de la reparación de sus pecados cometidos, y gracias a las concepciones misericordiosas promovidas por nuestro Dios, en las que nos visitará el Astro que surge de las alturas, iluminando a los que están sentados en las tinieblas interiores y faltos de comprensión en las sombras materiales de la muerte.

Si así, si tomamos cuenta de todo ello, podremos enderezar nuestro torcido caminar y así encaminarnos hacia la verdadera Paz.

A lo largo del tiempo que después vino el niño crecía y se fortalecía en el Espíritu, y tenía la costumbre de aislarse y morar en los desiertos para aprender de los Mensajeros del Cielo, hasta el día de su Manifestación pública a todo Israel.



En aquellos días, aconteció que fue instaurado un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo y así conocer a todos los residentes.

Este empadronamiento primero tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria.

Así pues, iban todos a empadronarse, cada uno en su ciudad de origen.

José y María subieron de Galilea, de la ciudad de Nazaret, hacia Judea, llamada Ciudad de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba aún encinta.

Realizando este desplazamiento, se cumplieron los días de su parto, y tuvo que dar a Luz al Hijo primogénito envolviéndolo en paños y acostándolo en un pesebre, ya que no encontraron sitio para ellos en ningún mesón.
Ocurrió igualmente que en aquella región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche, se turnaban vigilando su rebaño.

De repente se les presentó un Ángel del Señor, con una luz alrededor tan viva y resplandeciente que pensaron que la gloria del Señor los envolvía con su luz.

Los pastores al ver este Ser de Luz quedaron sobrecogidos de gran miedo, ante tal presencia.

Díjoles el Ángel:

- No tengáis miedo de mí. Os traigo una buena noticia, una gran alegría, que es para todo el pueblo.

Esta noticia es que hoy os ha nacido un Salvador, que porta al Mesías Señor, el Cristo, nuestro Señor y esto ha sucedido en la Ciudad de David.

Para reconocerlo tendréis en cuenta esta señal que os digo: Encontraréis un niño envuelto en paños y reclinado en un pesebre.

Nada más pronunciar estas palabras, se dejaron ver con el Ángel una multitud de carros que desprendían luz en lo alto de los cielos y que eran de la Milicia Celestial, de los cuales salían voces que alababan a Dios diciendo:

-  Sea rendida Gloria a Dios que está en lo más alto de los Cielos, (el Sol) y que haya paz en la Tierra entre todos los hombres de buena voluntad.

Nada más que los Ángeles se apartaron de ellos y volaron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

- Vamos a Belén, ya que lo que hemos visto ha sido real y celestial, y así veremos este suceso prodigioso que acaba de suceder, y que el Señor por boca de uno de sus Mensajeros nos ha comunicado.


Y a toda prisa se acercaron al lugar en el que vieron La Estrella del Señor sobre la zona en la que había nacido el Mesías, con una gran luz que marcaba el lugar.

Viendo al niño, certificaron con su testimonio que todo lo que se les dijo del niño era verdadero. Y todos los que supieron del suceso se maravillaron, así como del testimonio que los pastores dieron sobre la aparición del Ángel luminoso, Mensajero del Señor.

María, a pesar de todas las preguntas que le hacían todos aquellos que se acercaron para  ver el acontecimiento, conservaba todas estas cosas en su interior, ponderándolas sabia y espiritualmente en su interior.

Tanta fue la impresión del evento que, más tarde, los pastores cuando regresaron a sus  tareas no dejaban de alabar y glorificar a Dios, por todas las cosas maravillosas que habían escuchado y oído, según les había anunciado ese maravilloso y luminoso Ángel.


Según la tradición, llegado el octavo día en el que debía ser circuncidado el niño, le fue puesto por nombre “Jesús”, nombre que le puso el Ángel Gabriel antes incluso de que fuese concebido en el inmaculado seno de María, su madre terrestre.

Cumplido asimismo el tiempo de la purificación y sanación de la madre, según la Ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo ante el Señor, así como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón que nazca el primero, será consagrado al Señor; presentando también la ofrenda de dos tórtolas y dos palominos, como está también ordenado en la Ley del Señor que simbolizan la sagacidad y la candidez.

Vivía en aquel tiempo en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba día tras día que la consolación de Israel llegara; él sabía que la llegada del Mesías debía ser en aquellos tiempos, por la Sabiduría que el Señor había insuflado sobre él. Sabía igualmente que el Santo Espíritu moraría en este Mesías.

El Santo Espíritu del Señor le había comunicado clarísimamente que no había de morir antes de poder ver al Ungido del Señor, al Cristo.

Así pues, y sin que nadie lo llamara vino por inspiración divina al Templo y esperó sin saber claramente qué es lo que debía de suceder.

Al entrar con el niño Jesús en los brazos de sus padres para practicar con él lo prescrito por la Ley, se acercó a ellos y lo tomó en brazos, y entonces lo comprendió todo, y bendijo a Dios, diciendo:

- Ahora, Señor, ahora si que si es tu deseo puedes sacarme en paz de este mundo, a mí tu siervo, según tu promesa; porque ya mis ojos han visto a aquel que será el Salvador que nos has dado.
Este niño es el que Tú has destinado para que, a la vista de todos los pueblos de la Tierra, sea Luz resplandeciente de Sabiduría que ilumine a los gentiles y sea la gloria de tu pueblo de Israel.

Mientras, José y María, los padres, escuchaban con infinita admiración las cosas  que de él se decían.

Simeón levantó su conmocionada mirada hacia ellos dos y los bendijo. Después mirando con profundidad a María, su madre le dijo:

- Mira, este niño que ves está destinado para la ruina y para la resurrección de muchos en Israel, su obrar será signo de contradicción para aquellos que son malos.

María, para ti misma será una espada que traspasará tu Alma, a fin de que sean así destapados los pensamientos íntimos de muchos.

También en aquel tiempo vivía una profetisa de nombre Ana, hija de Fanuel, de la génesis de Aser, que era ya de edad muy avanzada, la cual después de su virginidad en el Templo del Señor, había vivido con su marido tan solo siete años, y había permanecido viuda hasta los 84 años de edad que tenía, no saliendo jamás del Templo, y sirviendo en él a Dios día y noche con ayunos y oraciones.

También ella, estando allí a la misma hora, alababa de igual manera al Señor, y hablaba  de Él a todos los que esperaban la redención de Israel.

Y María y José con el niño Jesús, cumplidas todas las cosas ordenadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

Entretanto el niño iba creciendo, fortaleciéndose, y con sus obras milagrosas y  sus palabras, lleno de Sabiduría Divina, manifestaba así que la Gracia Suprema de Dios estaba en él.

                                                          
José y María todos los años iban a Jerusalén para rendir adoración en la solemne fiesta de la Pascua, y teniendo Jesús ya los 12 años cumplidos, y estando ya en Jerusalén, según solían en aquella solemnidad.

Acabados aquellos días, cuando ya regresaban junto con muchos otros y pensando que Jesús ya de doce años de edad, estaría junto con ellos regresando entre la gente, no fue así, sino que el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtieran y estando seguros y tranquilos de que estaba junto al grupo de regreso.

Estaban plenamente convencidos de que venía con alguno de los de su comitiva, y así al echarlo de menos y tras andar una jornada entera lo buscaban entre los parientes y conocidos; pero como no lo encontraban, volvieron muy preocupados a Jerusalem.

Ellos, tenían plena confianza en Jesús y en su sabio proceder, pero tuvieron temor de que algo malo le hubiese ocurrido.

Tres días después de “haberlo perdido” seguían buscándolo por todas partes, y lo hallaron en el Templo, sentado, tranquilo, hablando con Sabiduría en medio de los Doctores de la Ley, que lo estaban escuchando con suma atención y con suma atención le preguntaban sobre las cosas Celestiales.

Y todos cuantos le escuchaban se quedaban pasmados de su Sabiduría y de sus respuestas.
María y José al verle que estaba allí y después de haber penado tanto, se quedaron maravillados, pero María no pudo más que preguntarle:

- Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira como José y yo estamos llenos de preocupación y de tristeza, mientras te hemos estado buscando desesperadamente.

Y él respondió:

- Sabiendo lo que ya sabéis, ¿cómo es que no supisteis hallarme y me buscabais tan desesperadamente donde nunca me hallaríais? ¿O es que acaso no sabéis que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre que está en los cielos?

Ellos, José y María, turbados por la preocupación que habían vivido, entonces no entendieron el sentido real que su respuesta llena de Amor y Sabiduría les había dado, y siguieron enojados.

Enseguida Jesús, se fue con ellos hasta Nazaret le castigaron sin salir tan libremente, estando sujeto a ellos.
Mientras su madre meditaba todas estas cosas en su corazón.

Entre tanto, Jesús, seguía creciendo en Sabiduría, en edad, en madurez y en gracia ante Dios y ante los hombres, por sus elevadas obras y palabras llenas de sublime Misericordia, Amor y Justicia Divinas.


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