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martes, 19 de abril de 2011

Crocifissione


Mentre lo conducevano via, presero un certo Simone di Cirène che veniva dalla campagna e gli misero addosso la croce da portare dietro a Gesù. 27Lo seguiva una gran folla di popolo e di donne che si battevano il petto e facevano lamenti su di lui. 28Ma Gesù, voltandosi verso le donne, disse: 

"Figlie di Gerusalemme, non piangete su di me, ma piangete su voi stesse e sui vostri figli. 29Ecco, verranno giorni nei quali si dirà: Beate le sterili e i grembi che non hanno generato e le mammelle che non hanno allattato.

30Allora cominceranno a dire ai monti:
Cadete su di noi!
e ai colli:
Copriteci!

31Perché se trattano così il legno verde, che avverrà del legno secco?".

Mientras le conducían hacia el suplicio y como Jesús había sido ya azotado y ultrajado con infinidad de duros golpes y latigazos, echaron mano de un tal Simón, natural de Cirene, que venía de una granja, y le obligaron a cargar la cruz para que la llevase detrás de Jesús.
Le seguía una gran muchedumbre de pueblo, y de mujeres, las cuales se deshacían en lloros, y le plañían.
Y Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
- Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad mas bien por vosotras mismas, y por vuestros hijos, porque vendrán unos días en que digáis: “Dichosas las estériles, y dichosos los vientres que no concibieron, y los pechos que no dieron de mamar”.
Serán tan grandes los sufrimientos que vuestro pueblo ha atraído sobre sí que diréis a los montes: “Caed sobre nosotros”.
Y a los collados y colinas: “Sepultadnos”, porque si al “Árbol” verde y frondoso lleno de frutos le tratáis de esta manera, ¿en el “árbol” seco que hará la Justicia de Dios?

























También, con Jesús, eran conducidos a la muerte otros dos, que eran ladrones.
Tal era la maldad del Sumo Sacerdote, de los Sacerdotes, de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y de los ancianos reputados, que habían preparado su crucifixión entre dos ladrones, para así decir que el que se encontrara en medio de estos dos era el peor.
Y una vez llegados al lugar llamado calvario, allí lo pusieron sobre la cruz y lo clavaron a ella, y a los ladrones, lo pusieron uno a la derecha y el otro a la izquierda.
Mientras esto hacían, Jesús, decía mirando desde lo alto de su cruz:
- Padre, a los que me quieren y no han podido hacer nada más por mí, te ruego Padre Mío que los perdones. Y a los demás, que no saben lo que se hacen, igualmente te ruego que los perdones.
Mientras, los que le habían crucificado, comenzaron a repartirse los ropajes que Jesús llevaba, y como la disputa por ellos era muy violenta, los sortearon.
El pueblo entero, a favor y en contra, lo estaban viendo todo. Los del Maestro, sufrientes, y los que estaban contra Él junto a los príncipes de los Sacerdotes se burlaban cruelmente, y le dijeron:
- Ya que a otros has salvado, sálvate pues a ti mismo, si eres como dices el Cristo Mesías, el  Enviado de Dios.
No menos lo insultaban los soldados, los cuales arrimándose a Él le dijeron burlonamente:
- ¡Eh tú!, ¿tienes sed?
A lo cual el Maestro asintió con la cabeza.
Entonces, éste mojando un trapo lo pinchó sobre la lanza y se lo puso en los labios, siendo vinagre en lo que mojó el trapo, al tiempo que todos los soldados le decían:
- Si tú eres el rey de los judíos, ponte a salvo.
Mientras la sangre cubría casi totalmente el cuerpo de Jesús, pues además del martirio infringido de martillazos, latigazos, puñetazos y golpes de todo tipo, habían colocado sobre su cabeza un gorro como los que llevan los rabinos, pero éste gorro era de espinas tan largas y gruesas que penetrando hasta lo más hondo de su piel, hacían brotar infinidad de hilos de sangre que le caían de la cabeza, sobre la que habían puesto un letrero en griego, en latín y en hebreo que decía: “Éste es  el rey de los judíos”.
Mientras, uno de los ladrones que había sido levantado en su cruz, blasfemaba contra Jesús, diciéndole:
- Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.
Mas el otro ladrón que también había sido ya elevado en su cruz, reprendió con tal autoridad al que blasfemaba contra el Maestro que de su boca salieron estas palabras:
- ¿Cómo?, ¿ni aún estando como estás en el mismo suplicio, tienes temor de Dios?
Nosotros, en verdad, estamos en éste suplicio justamente, pues pagamos la pena merecida por nuestros graves delitos, pero, éste que entre nosotros está, ningún mal ha hecho, sino que tan solo ha hecho el bien.
Y dirigiendo su mirada a Jesús que lo estaba mirando, le dijo con infinita humildad y reconocimiento:
- Señor, te lo ruego, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino.
Y Jesús le dijo con voz lastimosa:
 -  En verdad te digo que hoy mismo, tú estarás conmigo en el paraíso de Mí Padre.
Y el tiempo pasaba entre las burlas de los que estaban contra Él, y las lamentaciones de los que con Él estaban y no podían hacer nada para aliviarlo, ni rescatarlo.
Era ya casi la hora sexta, mediodía, y entonces unas espesas tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora de nona.
El sol se oscureció, y el velo del templo se rasgo de arriba hasta abajo.
En ese momento, Jesús, clamando con una voz muy Potente, dijo:
- Padre mío, llega la hora. En tus manos encomiendo mi Espíritu.
Y exhaló por su espíritu.

































































































































































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